jueves, 1 de octubre de 2009

El gueto y el país



Hace mucho tiempo atrás, cuando decidí tomar mis maletas y largarme de esa larga faja de tierra que se extiende entre la cordillera de los Andes y el océano Pacífico, no pensaba que me iba a encontrar con el gueto – que yo designo aquí como una pequeña comunidad de un país que se reúne con frecuencia y que evita el contacto con aquellos que provienen del país en el que habitan –. Uno cuando cruza el océano no piensa que lo primero que encontrará, más que una nueva cultura, la torre Eiffel y las baguettes, son esos compatriotas que serán tu nueva familia a los que te tienes que adaptar.

Cuando crucé por primera vez el atlántico portando en mis maletas mi vida entera, me encontré con esos expatriados que me imponían cosas y que al mismo tiempo me hacían sentir como en casa. En esos grupos cerrados que se reúnen de tanto en tanto para sentirse más seguros, pude apreciar que para vivir en el extranjero y en un país de otro idioma, muchas veces puedes sobrevivir sin ni siquiera hablar tres palabras de corrido en el idioma oficial.

Como mi personalidad no es de esas que busca complacer a todos los que me rodean, si no que prefiero ser sincera conmigo misma y con los otros, me desligué del gueto y armé mi propia vida lejos de ellos. Con un viejo amigo que vive en los Estados Unidos, conversábamos un día sobre esos guetos, ese “pueblo chico infierno grande” donde todos saben algo de ti y quieren saber más aún. Les interesa saber donde estudiaste, en que comuna creciste, quienes son tus padres, como te iba en la Universidad y cuales son tus planes de futuro. Ese pequeño gueto que controla tu vida y te juzga con los valores de antaño.

Cuando los reencontré me pregunté: ¿Por qué tengo que hacer como que son mis amigos sólo porque tenemos un pasaporte en común? ¿Serían todos ellos mis amigos si estuviera en mi país? Y luego me encontré con gente que conocí en mi país y que jamás fueron mis amigos, personas que veía a diario con las que jamás cruzaba una palabra… ¿Por qué aquí, a miles de kilómetros de distancia deberíamos pasar fiestas y festividades juntos?

Mis amigos no los elegí de acuerdo al pasaporte, si no que según sus características particulares, de acuerdo a lo que compartimos cuando estamos juntos, y lo que me hacen sentir cuando los veo… de esos amigos que conocí aquí, son pocos con los que tenemos ese larga faja de tierra en común. Para mi, la nacionalidad no es una tragedia como para el candidato Marco Enríquez-Ominami, si no que es una casualidad, una etiqueta con la que todos tenemos que portar. Ser de una determinada nacionalidad no debería alejarnos de los otros, de esos extranjeros, sino que debería permitirnos y motivarnos a descubrir ese otro, que carga con un imaginario distinto.

2 comentarios:

  1. jaja, en verdad era sobre las cosas malas de la chilenidad, la tuya era sobre las buenas!
    un saludo!

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